Toscana en auto era una idea que dábamos vueltas hacía meses, y se cumplió tal cual la imaginábamos. Salimos de Florencia una mañana, fuimos a buscar el auto que habíamos alquilado, y nos encontramos con la sorpresa de la semana: nos entregaron un Fiat 600 moderno color celeste que era una belleza. Espacioso para los tres, con muy buen andar, y con ese aire de cápsula italiana que le agrega encanto a cualquier ruta. Manejar en la Toscana con ese auto fue, sin exagerar, uno de los placeres más grandes del viaje por Italia.
Te contamos cómo fue nuestro recorrido por la Toscana en auto: seis días, ocho pueblos, dos casas alquiladas, vinos, helados, caminatas por murallas y un Fiat 600 celeste que ya extrañamos.
El plan: una ruta circular del 10 al 15 de enero
Hicimos una ruta que arrancó por el norte de la región (Pistoia, Lucca, Pisa) y bajó hacia el sur (Volterra, San Gimignano, Siena, Montepulciano y Montalcino) antes de salir hacia Roma. Dormimos en cuatro lugares distintos: Pisa una noche, una casa Airbnb en el medio del campo en Noce dos noches, y un departamento en Montepulciano otras dos noches.
El auto fue clave. En Toscana, los pueblos más lindos están escondidos en colinas o entre viñedos, y el transporte público no llega bien. Hacer Toscana en auto te permite parar donde quieras, comer cuando tengas hambre, y descubrir lugares fuera del circuito turístico habitual que terminan siendo los mejores. Si vas a Italia y podés manejar, te recomendamos esta opción sin dudar.
Día 1: Pistoia, Lucca y noche en Pisa
Pistoia: una feria, un pueblo y una sorpresa
La primera parada fue Pistoia, un pueblito chiquito y bastante apagado a primera vista. Pero justo el día que pasamos, había una feria gigante instalada en el centro: puestos de comida, ropa, antigüedades, decoración, gente paseando entre lonas y carpas. Una de esas casualidades de viaje que terminan siendo el mejor recuerdo. Si vas a Pistoia y no hay feria, probablemente sea una parada corta. Si la pegás, vas a entender qué buena es esa parte de la cultura italiana.

Lucca: el descubrimiento del viaje

De Pistoia seguimos a Lucca, y acá sí, el flechazo. Lucca es una ciudad amurallada con una particularidad fantástica: las murallas son una peatonal. Sí, leíste bien. Lo que en otras ciudades sería una piedra vieja prohibida de tocar, en Lucca es una avenida pública sobre la cual la gente camina, corre, anda en bicicleta y juega. Justo cuando estuvimos había una pista de patinaje sobre hielo armada arriba de la muralla, en pleno invierno, con luces y música. Surrealista en el mejor sentido.

La ciudad también tiene una torre alta desde la que se ven los techos rojos de toda la zona, y un casco histórico que se camina entero en una hora sin apuro. Almorzamos en Ciacco, un restaurante frente a la plaza, muy rico. Antes de irnos, Vicente se subió a una calesita vintage en una plaza del centro, de esas con caballos pintados a mano. Si volvemos a la Toscana, Lucca va a tener una noche entera de cabecera.

Pisa: torre, ciudad y una cena para acordarse
A la tarde manejamos hasta Pisa, donde pasamos la noche. La torre, qué se le va a hacer, hay que verla. Está inclinada como sale en las fotos, las multitudes posando para sostenerla con la mano están como salen en las fotos, y todo eso lo asumimos como parte del paquete. Pero Pisa tiene mucho más que la torre: una catedral preciosa, un baptisterio enorme, y una ciudad universitaria con vida más allá de los turistas.

A la noche cenamos en Branzo, un restaurante de alta cocina que estuvo espectacular. Más caro que el promedio del viaje, sí, pero vale cada euro. Si te gusta la cocina italiana fina y querés darte un gusto, es buenísima opción.

Día 2: Volterra y la casa en el medio de la nada
Salimos temprano de Pisa, paramos en Volterra a almorzar al paso (un sándwich y un café en Bar Priori, una cafetería tradicional que sirvió perfectamente), y seguimos manejando hasta nuestro próximo destino: una casa alquilada por Airbnb en Noce, un pueblito en el medio del campo toscano.

Acá hubo un cambio de ritmo. Después de cuatro ciudades en cuatro días, llegar a una casa en el medio del campo, sin vecinos a la vista, con vistas a colinas y olivares, fue un descanso. Cocinamos nosotros, descansamos, y tomamos mates con uno de esos atardeceres toscanos que aparecen en todos los calendarios — solo que esta vez era el nuestro. Vicente correteaba por afuera de la casa. Nosotros, sentados con el mate, sin hablar mucho. Algunos viajes se hacen también de momentos así.

Día 3: Certaldo y San Gimignano (la «Nueva York medieval»)
Desde Noce hicimos un day trip a Certaldo y, sobre todo, a San Gimignano, la famosa «Nueva York medieval» por sus torres altas que se ven desde lejos como un skyline en miniatura. Es uno de los pueblos más turísticos de la zona, y se nota — pero también es genuinamente impactante.

Almorzamos comprando un sándwich en Vinaino Fiorenza, una especie de «kiosco» gourmet de sándwiches gigantes que estaba excelente, y nos lo comimos en la vereda. Vicente comió el suyo sentado en el borde de un aljibe, donde encontramos algo que nos dejó de cara: dentro del agua había monedas de muchos países, incluyendo pesos argentinos y cartas Pokémon. Tiramos una moneda y seguimos. De postre, helado en Gelateria del Olmo, una de las mejores de la región. Excelente.

Antes de pasar al próximo día, una mención obligatoria que los lectores con chicos van a entender: fue en estos días por la Toscana que con Vicente completamos la colección entera de superhéroes y Star Wars de los huevitos Kinder. Cada paquete que abríamos, una sorpresa nueva. Lo decimos casi en broma pero también un poco en serio: las cosas chicas terminan siendo parte del recuerdo del viaje tanto como las torres de San Gimignano.
Día 4: Monteriggioni, Siena y llegada a Montepulciano
Al día siguiente dejamos Noce y arrancamos hacia el sur. Paramos primero en Monteriggioni, un pueblo amurallado muy chiquito y muy fotogénico, y después en Siena, la sorpresa grande del día. Siena nos gustó mucho: es una ciudad grande con casco histórico imponente, donde se puede caminar bastante. Su Piazza del Campo es una de las plazas más bellas de Italia, en forma de concha, donde se corre el famoso Palio dos veces al año.

Como en Florencia, también acá había que pagar para entrar al Duomo de Siena, y como en Florencia decidimos no pagar. Pero el centro, las callecitas, los miradores de la ciudad, son gratis y se disfrutan sin apuro. Comimos pastas alucinantes en Dal Vitti, una trattoria de barrio con 4.9 de calificación en Google y muy bien merecida.

A la tarde manejamos hasta Montepulciano, donde nos esperaba el departamento alquilado por las próximas dos noches.
Día 5: Montepulciano y Montalcino
Montepulciano nos resultó maravilloso. Es un pueblo absolutamente en subida, prácticamente una sola calle con alguna bifurcación, encajado en la cima de una colina. Alquilamos un departamento dentro de la ciudad histórica — muy lindo — y lo disfrutamos a fondo. Caminamos para arriba, bajamos para abajo, entramos a cuevas con vino, paramos en cafés, comimos pasta. Almorzamos en La Taverna di Baietto (en pleno enero, muchos restaurantes estaban cerrados por temporada baja, así que las opciones eran menos) y cenamos en L’altro Cantuccio Ristorante, alta cocina. El postre fue alucinante.

Antes del cierre del día también nos acercamos a Montalcino, el otro pueblo famoso de la zona, cuna del Brunello. Lo encontramos bastante deshabitado y bastante más chico de lo que esperábamos: efecto temporada baja, otra vez. Pero la vista vale la pena.
Sobre los Brunello: nada de bodegas
Acá un detalle honesto. No hicimos tour de bodegas ni catas formales. Algunos viajes a la Toscana giran alrededor de eso, y está perfecto si te apasiona el tema. Lo nuestro fue distinto: probamos varios Brunello en los restaurantes, y compré algunas botellas en una cava de pueblo para tomar en la casa de Noce y en el departamento de Montepulciano. Fue mucho más ameno y menos pretencioso. Si vas con poco tiempo o no querés meterte en el mundo formal del vino, es una manera perfecta de probar lo mejor de la zona sin estructurar el viaje alrededor de eso.
Lo que no fue ideal: viajar en temporada baja
Una crítica honesta: enero es temporada baja en la Toscana y se nota. Muchos restaurantes están cerrados, muchas tiendas también, varios pueblos parecen apagados (Montalcino fue el ejemplo más claro), y en algunas zonas no hay casi nadie en la calle.

Esto tiene su lado bueno: los lugares emblemáticos están vacíos, sacás fotos sin gente, no hay filas, los precios bajan. Pero también significa que hay menos vida, menos opciones gastronómicas, menos rituales locales. Si podés elegir, abril, mayo, septiembre u octubre probablemente sean mejores meses para hacer Toscana en auto: clima más amable y todo abierto.
Dónde comimos: la lista completa
- Lucca → Ciacco, frente a la plaza. Almuerzo rico y buena ubicación.
- Pisa → Branzo. Alta cocina, espectacular, más caro pero vale la pena.
- Volterra → Bar Priori. Sándwich y café al paso, café tradicional.
- San Gimignano → Vinaino Fiorenza (sándwiches geniales) y Gelateria del Olmo (helado excelente).
- Siena → Dal Vitti. Pastas alucinantes, 4.9 en Google con razón.
- Montepulciano → La Taverna di Baietto (almuerzo) y L’altro Cantuccio Ristorante (alta cocina, el postre es para volver).
¿Vale la pena hacer Toscana en auto?
Mil veces sí. Toscana en auto es la mejor manera de descubrirla, y nos va a quedar como uno de los recuerdos más lindos del viaje por Italia. La libertad de parar en cada pueblo, dormir en una casa en el medio del campo, no depender de horarios de trenes ni de tours, escuchar música mientras se pasan colinas con olivos a un lado y viñedos al otro — eso vale cada euro del alquiler.
Si nos preguntás por una recomendación corta: alquilá el auto, salí de Florencia, hacé al menos cuatro paradas (Lucca, San Gimignano, Siena, Montepulciano), buscá un Airbnb en el medio del campo para dormir un par de noches, y tomate los mates con el atardecer. Va a ser un viaje para acordarte todo lo que dure.
Nosotros lo vamos a recordar siempre con el celeste de un Fiat 600 doblando por una colina al sol.




