Florencia 3 días: ese era el plan, y eso fue lo que tuvimos, aunque no exactamente como lo habíamos imaginado. El plan era llegar a la ciudad con tiempo, dejar las valijas, salir a caminar y arrancar la visita con energía. Lo que pasó fue que el tren salió de Verona con seis horas de demora. Seis. Comimos en el tren, miramos por la ventana cómo el día se iba apagando, y aterrizamos en la estación de Santa Maria Novella casi de noche, con el ánimo de quien quiere bañarse y dormir más que descubrir una ciudad nueva.
Así arrancaron nuestros 3 días en Florencia, y de alguna manera ese arranque marcó un poco lo que vino después: una ciudad que nos gustó, pero que no nos enamoró del todo. Te contamos cómo fueron del 7 al 9 de enero, con todo lo que nos copó y también lo que no.

Dónde nos alojamos
Tomamos un taxi desde la estación hasta el departamento que habíamos reservado, y ahí sí, una buena noticia: la ubicación era inmejorable. Frente al río Arno, a dos cuadras del Ponte Vecchio, a metros del Museo Galileo y de la Galería degli Uffizi. Si vas a Florencia 3 días o más, invertí en alojarte cerca del centro histórico: te ahorra horas de caminata y te permite volver al departamento entre actividad y actividad, cosa que con un nene de cinco años es invaluable.
Día 1: la noche corta

Aunque llegamos cansados, nos cambiamos rápido y salimos a tomar un helado. Caminamos hasta la Piazza della Signoria, donde está la famosa réplica de la estatua del David de Miguel Ángel (el original se ve en la Galleria dell’Accademia, pero la réplica está ahí afuera, gratis, iluminada de noche, y se disfruta igual). Después seguimos por la peatonal hasta el Duomo, que tenía un árbol de Navidad gigante iluminado al lado: una postal que vale la pena buscar si vas en diciembre o enero.
En el camino nos cruzamos con una de las famosas buchette del vino, esas ventanitas pequeñas en las paredes de los edificios antiguos donde hace cientos de años se servía vino al pueblo. Algunas están restauradas y son una curiosidad linda para frenar a sacar la foto.
El helado de esa primera noche fue más o menos, la verdad. Pero al día siguiente ya íbamos a probar uno espectacular, así que no nos enojamos. Volvimos al departamento y caímos rendidos.

Día 2: el Duomo, la pasta con trufa, Leonardo y el affogato de Vivoli

Salimos temprano para evitar la fila del Duomo, y la jugada salió: la cola era cortísima y entrar a la catedral no se paga. Una vez adentro, el lugar es realmente impactante. La cúpula de Brunelleschi con los frescos del Juicio Final pintados por Vasari y Zuccari es de esas cosas que justifican el viaje. Vicente, que tiene cinco años, se quedó mirando el piso de mármol como si fuera un juego de geometría, y nosotros mirando para arriba.}

Una aclaración importante: entrar a la catedral es gratis, pero subir a la cúpula, al campanile, al baptisterio o al museo de la Opera del Duomo, todo se paga, con entradas separadas o combinadas. Nosotros no las sacamos. Y ahí empieza la primera cosa que nos chocó de Florencia, sobre la que volvemos más adelante.
Después caminamos hasta el Mercato Centrale. Está lindo, especialmente el piso de arriba que es una zona de comidas, pero la verdad es que no nos voló la cabeza. Si tenés tiempo, conviene pasar; si te falta, no lo pondríamos como obligatorio.

Para almorzar fuimos a una trattoria de las que hacen la pasta a la vista, en la calle, con esa cosa medio teatral. Se llamaba Il Grande Nuti Trattoria y comí una carbonara con trufa que estuvo muy buena.

A la tarde fuimos a uno de nuestros descubrimientos favoritos: el Museo Interactivo de Leonardo da Vinci. Precio-calidad, espectacular para ir con chicos. Vicente pudo tocar y probar las réplicas de las máquinas que diseñó Leonardo: catapultas, planeadores, engranajes, todo a tamaño real y manipulable. Una hora y media de pura diversión, y de paso aprendés un montón. Ojo: hay dos museos de Da Vinci en Florencia, y solo en uno se puede tocar. Fijate bien al cuál vas, porque no es lo mismo.

De ahí salimos a hacer la fila para el plato fuerte del día: el affogato de Vivoli. La gelatería más antigua de Florencia, fundada en 1932, tiene un affogato (helado con un shot de café espresso encima) que es espectacular. El café perfecto, el helado riquísimo, la copita de cerámica con borde de pistachos picados. Vale la pena ir, hacer la cola, y tomárselo ahí. Te lo recomendamos sin dudar.

Cerramos el día cruzando el Ponte Vecchio ida y vuelta, mirando las joyerías que cuelgan a los costados del puente como balcones, y haciendo unas compritas en la zona de Piazza della Signoria — pasamos por La Rinascente y por K-Way. Vicente se compró unas zapatillas de Harry Potter que se vuelven a poner cada vez que las ve.

Para la cena no quisimos volver a salir, así que pasamos por Retrobottega y por la Friggitoria al Cartoccio a buscar sándwiches y cositas fritas, y cenamos en el departamento. Una cena improvisada pero riquísima.
Día 3: lluvia, el Oltrarno y una librería que parecía un cine (porque era un cine)
Nos llovió los tres días en Florencia. Esto vale aclararlo porque, viendo las fotos, parece que solo tuvimos uno. Pero la verdad es que la lluvia fue una constante, y el día 3 fue el peor. Nos levantamos tarde, descansamos un poco en el departamento, nos pusimos los impermeables, y salimos directo a almorzar.
Cruzamos el Ponte Vecchio hacia el Oltrarno (literalmente, «del otro lado del Arno»), que es el barrio bohemio de Florencia. Pasamos por el Palazzo Pitti sin entrar (otro lugar que se paga, y a esa altura ya estábamos con un poco de «fatiga de tickets»), entramos a la Basílica de Santo Spirito donde también había que pagar para ver lo bueno, y terminamos almorzando en un restaurante llamado Oltrarno, sobre la vera del río. La comida estuvo rica y la vista del Arno con la lluvia tenía su encanto.

Después nos cruzamos con la exhibición que KAWS hizo en el Palazzo Strozzi: dos esculturas gigantes de madera de sus personajes, en el patio interior del palacio. Vale la pena entrar a verlas aunque sea desde afuera (el patio es de acceso libre).

Y de ahí caímos en uno de los lugares más sorprendentes de Florencia: el Cinema Odeon, un cine histórico que también funciona como librería. Los asientos de terciopelo amarillo todavía en su lugar, las arañas de cristal colgando del techo abovedado, y la pantalla todavía funcionando: cuando entramos estaban pasando El Gran Hotel Budapest de Wes Anderson. Me senté un rato a mirarla, Vicente se puso a hojear libros, y por unos minutos sentimos que habíamos encontrado un lugar muy especial. Recomendadísimo.

Cerramos el día con una visita a la Officina Profumo-Farmaceutica di Santa Maria Novella, la farmacia/perfumería histórica más antigua de Europa, fundada por monjes dominicos en el siglo XIII. Los frascos, los muebles, los aromas, la decoración navideña: todo lindo. Pero la verdad es que se siente demasiado turística. Es uno de esos lugares que figura en todas las listas de imperdibles y que terminan siendo más una parada obligatoria que una experiencia. Si vas, andá, pero no esperes algo íntimo.

A la noche con Vicente fuimos a comprar pizzas a L’Eco del Vicolo, muy buena pizzería. Mientras esperábamos, Vicente se tomó una Lemon Soda en la barra (la limonada italiana en lata que se volvió uno de sus rituales del viaje). Cenamos en el departamento y nos fuimos a dormir, listos para arrancar al día siguiente, el 10 de enero, en auto rumbo a la Toscana.
Pequeños placeres entre actividad y actividad
Algunos detalles que se nos quedaron de esos tres días y que vale la pena mencionar:
- La calesita de la Piazza della Repubblica: un carrusel vintage iluminado, con caballos y carrozas pintadas a mano, que se vuelve un imán para los chicos. Fuimos varias veces; está siempre lindo.
- Las canillas públicas al costado de un edificio en la Piazza della Signoria: con agua fría y caliente, son una de esas cosas raras y útiles que te encontrás caminando, y que Vicente convirtió en una parada obligatoria cada vez que pasábamos.
- El gelato de Barroccino: nos lo cruzamos un día caminando y resultó muy bueno, otra gelatería a sumar si te gusta cazar helados por la ciudad.
Lo que no nos gustó: en Florencia se paga por todo
Acá va una crítica honesta que no encontrás en muchos blogs de viajes: en Florencia, hay que pagar por absolutamente todo. Cada iglesia, cada museíto, cada subida a una cúpula, cada acceso a un claustro. Y no son entradas baratas. Una familia de tres que quiera «hacer Florencia bien» puede gastar fácilmente 200 o 300 euros solo en tickets en tres días.
Esto, viniendo de un viaje por Italia donde Verona te dejaba entrar a casi todo con una pulserita, te termina cansando. No es que esté mal que cobren; es que el efecto acumulativo te hace sentir que la ciudad está más interesada en facturarte que en mostrarte algo.
Lo decimos porque a nosotros nos pasó, y a otra gente con la que hablamos también. Andá preparado, mentalmente y económicamente, para que cada paso tenga un precio.
Dónde comimos
- Il Grande Nuti Trattoria — Pasta hecha a la vista. La carbonara con trufa que pedí estaba muy buena.
- Restaurante Oltrarno — Sobre el río, en la zona del Oltrarno. Comida rica y vista del Arno.
- Vivoli — La gelatería más vieja de Florencia. El affogato es espectacular. Vía Isola delle Stinche 7.
- Retrobottega + Friggitoria al Cartoccio — Para llevar y cenar en el departamento.
- L’Eco del Vicolo — Pizzería buenísima, con Lemon Soda en la barra mientras esperás.

¿Vale la pena Florencia 3 días?
Sí, vale la pena. Pero no con la postal mental que uno tiene de «Florencia mágica». Florencia es bellísima, está llena de arte, tiene rincones que te dejan callado. Pero también es una ciudad muy turística, muy cara, muy preparada para extraerte dinero en cada esquina, y eso, especialmente bajo la lluvia, puede pesar.
Si vas, andá con expectativa realista, con plata para los tickets, con un buen impermeable, y con la cabeza abierta a encontrar lugares fuera del circuito habitual — como el Cinema Odeon, o como una buchetta del vino escondida — que son los que terminan haciéndote acordar Florencia con cariño y no como un casillero más en una lista.
Para nosotros, fue una ciudad importante de pasar. No la más linda del viaje. Pero sí imprescindible.




