Albi: la catedral de ladrillo más grande del mundo (y nuestro único maltrato francés)
Hay paradas que uno hace porque quedan de paso y terminan siendo de lo mejor del viaje. Albi fue exactamente eso. Íbamos manejando de Carcassonne a Conques, agarramos la D118 por el Parque Natural del Haut-Languedoc hasta Castres y de ahí la 612 hasta acá. En el papel era una escala para estirar las piernas. En la práctica nos comimos media tarde y no nos arrepentimos ni un poco.
Una catedral que no parece una catedral
Lo primero que impacta de la Catedral de Santa Cecilia es que no se parece en nada a las catedrales góticas que uno tiene en la cabeza. No hay piedra clara, ni encaje, ni gárgolas asomando: es un bloque enteramente de ladrillo rojo, macizo, con aire de fortaleza más que de iglesia. Y tiene sentido — se construyó con carácter defensivo, y se nota.
Es la iglesia de ladrillos más grande del mundo. Y ojo, no solo entre las iglesias: está entre las construcciones de ladrillo más grandes que existen, punto.
Pero la gracia está en entrar. Toda la austeridad de afuera se termina de golpe: adentro es una explosión de lujo, color y decoración que descoloca después de haber visto ese exterior de ladrillo pelado. Es de esos edificios que te obligan a rearmar la idea que traías desde la puerta.
Toulouse-Lautrec, en su ciudad
Justo al lado de la catedral está el otro motivo para frenar en Albi: el Museo Toulouse-Lautrec, en el Palais de la Berbie. Acá nació el pintor, y el museo reúne más de mil obras suyas — la colección más grande del mundo.
Toulouse-Lautrec fue uno de los grandes pintores y cartelistas de su época, sobre todo por su obsesión con retratar la noche parisina. Ver de cerca sus afiches del Moulin Rouge, en su ciudad natal y a metros de esa catedral medieval, es un contraste que vale por sí solo.
Uno de sus afiches del Moulin Rouge, en el museo que lleva su nombre
El palacio tiene además unos jardines franceses perfectamente recortados, asomados al río Tarn, con los puentes de ladrillo cruzando el agua y el pueblo del otro lado. Nosotros fuimos en invierno, con un cielo cargado de nubes y los árboles pelados, así que no los pudimos disfrutar como se merecen. Aun así, la vista es de las que uno se queda mirando un rato largo.
Los jardines del palacio, el río Tarn y los puentes de ladrillo. En primavera debe ser otra cosa
El único maltrato francés del viaje
Llegaba la hora de almorzar y ahí nos pasó lo único feo de las tres semanas: entramos a un restaurante que tenía mesas libres y nos rechazaron diciendo que ya cerraban. No entendimos bien el porqué — quizás era tarde para el horario francés. Pero el modo tampoco ayudó: no fue amable ni para mí, que no entiendo una palabra de francés, ni para Flor, que lo habla perfecto.
Lo contamos porque es justo aclarar que fue la única vez en todo el viaje. En el resto de Francia nos trataron siempre bien, y varias veces mucho mejor que bien.
Igual, la historia tiene final feliz. Frustrados y con hambre, terminamos en La Mie Câline, una cadena de panaderías que hasta tiene máquinas expendedoras de baguettes, y nos comimos un sandwichito en una mesita de la plaza, justo enfrente de la catedral. Barato, rico y con una de las mejores vistas posibles. A veces el plan B es mejor que el A.
El plan B: sandwichito en la plaza Santa Cecilia. Aprobado por unanimidad
Con la panza llena apuramos el paso, porque todavía nos esperaba la subida en curvas hasta Conques, que resultó ser casi un pueblo fantasma.
Datos prácticos
- Es una parada de medio día, no de un día entero. Con la catedral, el museo y un almuerzo estás hecho. Nosotros la hicimos en el trayecto Carcassonne → Conques y funcionó perfecto.
- La catedral y el museo están pegados, así que se hacen de corrido. El casco histórico de Albi es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
- Ojo con los horarios franceses de almuerzo: si vas cerca de las 14, capaz te encontrás con cocinas cerrando. Nuestro consejo, aprendido a la fuerza: comé temprano o resolvelo con una panadería, que en Francia nunca falla.
- Estacionar: llegando en auto conviene dejarlo en alguno de los estacionamientos del centro y hacer todo caminando, que las calles del casco viejo son angostas y empedradas.
- Mejor época: los jardines del palacio y la vista al Tarn piden primavera u otoño. En invierno igual valen la pena, pero los vas a ver como los vimos nosotros: hermosos y pelados.