Llegamos a Venecia el 3 de enero al mediodía, después de dos días intensos en Nápoles. Esa mañana nos subimos al tren rumbo a nuestro nuevo destino. Cinco horas de viaje cruzando Italia de sur a norte, en primera clase de Italo. Una experiencia que vale la pena mencionar: asientos amplios, atención impecable, snacks incluidos, baños limpios. Vicente se acomodó con auriculares y termo en la mesita, Florencia leyó tranquila y yo miré pasar la Toscana por la ventana. Si tienen la opción de viajar en primera entre ciudades italianas, recomendado al cien por ciento.

Bajamos del tren en la estación de Santa Lucia al mediodía. Salir de la estación y encontrarse de golpe con el Gran Canal, los vaporettos cruzando, las cúpulas de fondo y el aire frío del Adriático, es uno de esos momentos que te recuerdan por qué uno viaja.

Dónde nos quedamos
Paramos en un Airbnb en el centro, a 7 u 8 cuadras de la estación de tren, muy bien ubicados. El departamento tenía dos camas (una grande y una individual), televisor, baño y, fundamental para enero, calefacción. Lo mejor: una ventana que daba a un pequeño canal lateral, de esos que uno se imagina cuando piensa en Venecia.
Recomendación: Venecia es chica y se camina toda, pero conviene apuntar a un alojamiento al norte del Gran Canal, entre la estación y el Puente Rialto. Te queda todo cerca y no tenés que cruzar puentes con valijas (algo que parece nimio hasta que lo hacés con un nene y dos bolsos).
Plaza San Marcos y la basílica
La primera tarde la dedicamos a la zona más icónica: Plaza San Marcos. La famosa «sala de estar de Europa» como la llamó Napoleón, con la basílica dorada, el Palacio Ducal al costado y el Campanile dominando todo. En enero, con las decoraciones navideñas todavía colgadas, las galerías que rodean la plaza tenían unas luces blancas con forma de estrella que armaban un pasillo mágico.

No entramos pagando a la basílica ni al palacio. Decisión consciente: con un nene de la edad de Vicente, las colas y el tiempo adentro de monumentos no rinden. Preferimos caminar, mirar desde afuera, sentir la ciudad. Si volviera sin Vicente, sí entraría al Palacio Ducal.
El Puente Rialto al atardecer
Caminamos desde San Marcos hasta el Puente Rialto por las callecitas comerciales. Cuando llegamos, ya estaba cayendo el sol y el cielo arriba del Gran Canal se puso rosa, naranja y violeta. Subimos a la parte alta del puente para ver el atardecer y nos quedamos un buen rato, mirando pasar góndolas y vaporettos.


Hay momentos del viaje que uno sabe que van a quedar en la memoria. Este fue uno.
El vaporetto: el «colectivo» veneciano
Al día siguiente, decidimos recorrer el Gran Canal en vaporetto, que es básicamente el sistema de transporte público de Venecia. Pero claro, en vez de colectivos, son barcazas. Y en vez de avenidas, canales.
Lo tomamos casi desde la otra punta, en la parada Giardini A, para hacer el recorrido completo hasta S. Marcuola Casino, cerca de la estación. Como un city tour, pero barato y auténtico. El boleto sencillo cuesta unos 9,50 € por persona, pero si van a usarlo varias veces conviene sacar el abono de 24 o 48 horas.

Recomendación práctica: sentate del lado derecho yendo desde San Marcos hacia la estación. Te quedan del lado de los palacios más fotogénicos. Y si podés, hacelo al atardecer.
El parque de diversiones (sorpresa para Vicente)
Cerca de donde termina el Gran Canal en la zona de la estación, hay un pequeño parque de diversiones que aparece en fechas festivas. No estaba en ningún itinerario, pero lo descubrimos caminando y para Vicente fue el highlight del viaje.
Hizo autitos chocadores, unos aviones que giraban, y una cama saltarina con arnés que lo tuvo veinte minutos en órbita. Si viajan con chicos en estas fechas, ojo con el parque: es chico pero salva una tarde entera.
La Libreria Acqua Alta
Una parada obligada: la Libreria Acqua Alta, una librería caótica, llena hasta el techo de libros apilados en bañeras, canoas y góndolas para protegerlos cuando sube el agua. En el patio interior tiene una escalera hecha enteramente de libros viejos desde la que se ve un canal.

Está siempre llena de gente y sacarse la foto en la escalera implica esperar turno con paciencia, pero es uno de esos lugares que están a la altura del hype. Importante: no es para comprar libros (los buenos están en otro sector), es para visitarla.
El Puente de los Suspiros
Casi todos los visitantes pasan por el Puente de los Suspiros sin saber bien qué están mirando. Era el puente que cruzaban los condenados al ir desde el Palacio Ducal a las cárceles, y el nombre viene del último suspiro que daban al ver Venecia por la ventanita antes de quedar encerrados. Una historia oscura para un lugar tan fotogénico.

Se ve mejor desde el Ponte della Paglia, el puentecito de piedra que está justo enfrente. Vayan temprano o muy tarde si quieren foto sin multitudes.
Perderse: el mejor plan de Venecia
Si hay algo que recomendamos sin dudar, es caminar sin rumbo. Venecia es un laberinto, te perdés sí o sí, y cada vez que doblás una esquina aparece un canalcito, un puente, una placita escondida, una iglesia, un patio con ropa colgada. Es de esas ciudades donde el plan es no tener plan.



Algo que nos sorprendió: Venecia está limpia, cuidada y no tiene olores, contra todo lo que dicen. Sí es turística, sí está llena de gente incluso en enero, pero no por eso deja de ser bellísima.
Las islas que nos quedaron pendientes
Murano y Burano no llegamos. Con dos días no daba el tiempo si queríamos hacer Venecia con cierta calma. Las dejamos anotadas para una próxima visita.
Dónde comimos: una cena memorable
El dueño del Airbnb nos recomendó un restaurant frente a uno de los canales: Ristorante Casa Bonita. Fuimos sin esperar mucho y salimos contentísimos. Pidimos polenta con schie (camaroncitos típicos de la laguna), una frittura mista, una ensalada de rúcula, parmesano y tomate, una jarra de vino y agua. Una de las mejores cenas del viaje.

Le vamos a dedicar un post propio en breve, porque merece más espacio.
La despedida: atardecer en la laguna
La última tarde caminamos hasta la Punta de la Aduana (Punta della Dogana), donde el Gran Canal desemboca en la laguna abierta. Desde ahí se ven la Basílica de Santa María de la Salud, el Campanile de San Marcos y la isla de San Giorgio Maggiore todos juntos. El sol cayó detrás de los palacios y el cielo se puso naranja sobre el agua.



Al día siguiente, el 5 de enero a la mañana, salíamos en tren rumbo a Verona. Pero ese atardecer ya lo teníamos guardado para siempre.
¿Vale la pena Venecia?
Nos encantó. Sí, está llena de gente. Sí, es turística. Sí, hay puntos donde te abrumás de multitudes. Pero también es cuidada, limpia, fácil de recorrer, y bonita en una escala que no se parece a ninguna otra ciudad. No hay autos, no hay ruido de motores, no hay olores. Solo agua, piedra y pasos.
Si tienen la posibilidad, vayan. Y si vuelven, mejor. Pero háganlo despacio. Venecia se camina, se mira y se respira. No se «hace» en un día.




