Ir a Nápoles fue, más que nada, un capricho mío. Soy fanático absoluto de Diego Armando Maradona y quería sentir lo que es estar ahí, caminar por la única ciudad del mundo donde Diego es más venerado que en su propio país. Por eso, cuando armamos el itinerario por Italia, Nápoles fue de las primeras paradas que clavé en el mapa.
Llegamos el 1 de enero en tren desde Roma y nos quedamos dos noches, hasta el 3 a la mañana. Dos días enteros nos alcanzaron para conocer la ciudad y enamorarnos.

Dónde dormimos (y por qué no lo recomendamos)
Paramos en una casa dentro del centro histórico. Sobre el papel sonaba ideal: ubicación inmejorable, edificio antiguo, detalles originales como un piso de ceniza volcánica del Vesubio que tenía más de 300 años. En la práctica, no la volveríamos a elegir.
¿Por qué? Tres pisos dobles por escalera, lo que equivale a subir seis pisos cada vez que volvíamos. El baño era diminuto y, lo peor, no tenía calefacción. En enero, en una ciudad costera y húmeda, eso se siente.
Nuestro consejo: Nápoles es chico y muy caminable. No vale la pena pagar de más por ubicación en el centro histórico si eso significa resignar comodidad. Cualquier zona céntrica está a 15 o 20 minutos a pie de lo importante, y van a estar mucho más a gusto.
Vía Toledo y la estación que es un museo
Una de las primeras cosas que hicimos fue caminar por Vía Toledo, la arteria comercial más conocida de Nápoles. En enero, todavía con las decoraciones navideñas a pleno, la ciudad estaba explotada de gente y luces por todos lados.
Pero el verdadero golazo de Vía Toledo no está en la calle: está bajo tierra. La estación de subte Toledo, parte de las llamadas «estaciones del arte» de Nápoles, es considerada una de las más bellas del mundo. Tiene una bóveda mosaiqueada en azules y verdes, con un óculo iluminado que simula la entrada al mar. Es de esos lugares que justifican bajar al subte aunque no necesites tomarlo.

Spaccanapoli y Vía dei Tribunali: el corazón que late
Si hay dos calles que resumen Nápoles, son Spaccanapoli y Vía dei Tribunali. Anduvimos felices recorriéndolas. Spaccanapoli, literalmente «rompe Nápoles», es esa calle larga y angosta que parte al centro histórico en dos como un tajo. Vía dei Tribunali corre paralela y, en fechas festivas, estaba a reventar de gente: turistas, napolitanos, vendedores ambulantes, todos mezclados entre ropa colgada en los balcones, scooters esquivando peatones y olor a pizza por todos lados.
Comimos sentados directamente en la calle, en escalones, con la pizza en la mano envuelta en papel. Una experiencia muy napolitana, muy auténtica, y muy nuestra.

En el camino nos cruzamos con la estatua de bronce de Pulcinella, la máscara tradicional napolitana. Dice la tradición que tocarle la nariz trae suerte: tiene la nariz brillante de tanto que la frotan los visitantes. Simón no se hizo rogar.

La pizza napolitana: Sorbillo
La pizza en Nápoles no es una comida, es una religión. Y dentro de esa religión, Sorbillo es uno de los templos. Fuimos a Sorbillo Piccolina, la versión callejera al paso del clásico restaurant: hacés la cola, pedís, te la dan en un papel doblado y la comés parado, caminando, sentado en cualquier escalón.
La masa fina en el centro, alta y aireada en los bordes, la mozzarella fresca, el tomate ácido justo. Difícil volver a comer una pizza en Buenos Aires después de probar esto.

La peregrinación a Maradona en el Quartiere Spagnoli
Y llegamos al motivo de todo el viaje. Ir al santuario de Diego en el Quartiere Spagnoli (el «barrio español») es, literalmente, una peregrinación. No hay otra palabra que lo describa mejor.
En una callecita estrecha rodeada de edificios despintados y ropa tendida, hay un mural enorme de Diego con la camiseta del Napoli. A su alrededor, una explosión de imágenes, banderas, recortes, estampitas, fotos firmadas, escarpines, banderas argentinas y napolitanas. Un altar callejero, no exagero.

Hay gente sacando fotos, vendedores ofreciendo merchandising de Diego, parlantes pasando canciones de cancha. Estaba lleno de argentinos, italianos, japoneses, brasileros — todos en silencio o murmurando, como si entraran a una iglesia. Porque eso es: una iglesia.
Para mí, era el momento del viaje. Estar parado ahí, con mi hijo al lado, mirando esa pared. Difícil de explicar lo que se siente. Diego está vivo en Nápoles. No es una frase hecha, es literal.

A unas cuadras encontramos también obras independientes dedicadas a Diego, como este retrato del artista Fabrizio Scala. La ciudad entera, en realidad, es un homenaje continuo.
El puerto al atardecer
La tarde del segundo día nos acercamos al puerto. Nápoles tiene una ubicación privilegiada: la bahía abierta al Tirreno, los ferries enormes saliendo hacia Capri, Ischia, Sicilia, y de fondo, dominándolo todo, el Vesubio. Ver ese atardecer rosado sobre el volcán que un día sepultó Pompeya es de esas cosas que ponen las cosas en perspectiva.

El Ragú napolitano: la excepción a la regla
Mención aparte para el Ragú napolitano. Probamos uno con pasta rellena y, siendo honestos, no nos mató. De todas las comidas típicas que probamos en Italia región por región, el ragú napolitano fue una de las que menos nos enamoró. No estaba mal, ojo — la carne cocida durante horas hasta deshacerse en una salsa de tomate densa y oscura tiene lo suyo —, pero no nos voló la cabeza como nos pasó con otros platos italianos. Lo dejamos anotado, igual, por si alguien va a Nápoles esperando encontrar el plato del viaje en el ragú: nosotros lo encontramos en la pizza.

¿Vale la pena Nápoles?
Tres veces sí. Nápoles es caótica, ruidosa, intensa, contradictoria. No es una ciudad bonita en el sentido clásico, como pueden serlo Florencia o Venecia. Es otra cosa.
Y acá va una sensación que nos acompañó todo el viaje: Nápoles tiene algo de Buenos Aires. O quizás Buenos Aires tiene algo de Nápoles. La gente que se grita de balcón a balcón, las manos hablando tanto como la boca, los chicos jugando en la calle hasta tarde, el café tomado al paso en la barra, esa mezcla de devoción y picardía, el fútbol como religión. Cuando uno camina por sus calles siendo argentino, hay algo que resuena familiar de una manera difícil de explicar. Tiene sentido, en realidad: gran parte de la inmigración italiana que pobló Buenos Aires vino del sur. Algo nos quedó.
Volveríamos sin dudarlo.




